El premio del paseo fue... ver a dos delfines! Curioso que estén en un lugar tan transitado - la verdad es que resultan espectaculares, con esa manera de nadar tan elegante.
Después de comer nos pusimos en marcha desde el Camino de Oia hacia Oporto. El dilema era ir por la autopista clásica del interior (Porriño, Tui) o probar el transbordador de Caminha (del que no teníamos 100% de seguridad). Bueno, no hay prisa y hay que probar cosas nuevas, así que probamos por la costa - además, esa carretera que sale de Baiona y llega hasta la desembocadura del Miño en A Guarda tiene su encanto, bordeando la costa rocosa del Atlántico.
Así que una buena idea, la de entrar en Portugal por el extremo noroeste.
En menos de dos horas de autopista (sin demasiado atractivo) llegamos a Oporto.
El hotel está a la orilla del Duero, y frete a nosotros vemos las bodegas de Vilanova de Gaia y pasan los botes tradicionales que hacen el recorrido turístico ('eso no es para nosotros', piensa uno por ahora - qué ingenuidad)
Cogemos el funicular que sube a la parte alta. Mucha cola, aunque al día siguiente entenderemos por qué (subir caminando es una paliza)
A medida que nos acercamos a la orilla de Vilanova y vemos los meandros del Duero, y la concentración de visitantes sentados en la pradera de la margen sur, vamos siendo consciente del mayor tesoro de Oporto, el que se repite en ese lugar cada atardecer.
Aquí está. Chulo, verdad?
Volviendo al hotel, nos damos cuenta también de que el puente iluminado es otra imagen maravillosa.
Un primer día prometedor. Y aún tenemos un día y medio más junto al Douro!
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