El gran Quique (bueno, debería decir Kike con K según su ortografía vallekana) se anima a salir conmigo a patear las playas del Sardinero y los jardines de Piquío (¿o debería decir 'Pikío'?)
La mañana está incierta e incluso nos llueve un poco, pero como nos dice un gasolinero, se va a arreglar enseguida.
El desayuno del Santemar es como el hotel, del tipo masivo: sala enorme, cientos de personas, mucha cantidad y variedad. Pero resulta efectivo.
Bajando a desayunar, uno de los momentos del verano que se convierten en clásicos familiares - cuando se abre la puerta del ascensor, una señora tipo IMSERSO con una voz desagradable y un gesto hostil en las manos, gritando '¡Compleeeto!'. Bajamos un piso andando... y ahí está otra vez!
Decidimos pasar la mañana visitando la ciudad mientras despeja el cielo, y ganarnos la playa de la tarde. Empezamos, no podía ser de otra manera, por la sede del Santander en el Paseo de Pereda (al fin y al cabo, el Banco tiene cierta responsabilidad acerca de la existencia de los tres de la foto). Un recuerdo a don Emilio, el 'padrino' de la ciudad,
Nos damos un paseo por el Mercado, y empezamos a descubrir uno de los fenómenos más destacados de las ciudades del norte: hay una cantidad desmesurada de heladerías (una cada cincuenta metros en el Paseo)... y lo que es peor, los paseantes que van tomando un helado parecen ser mayoría absoluta!
Como los últimos días no ha hecho bueno, el Sardinero está abarrotado, incluyendo un grupo de bañistas de época que celebran una despedida de soltera (aparentemente más inofensiva y menos alcohólica que lo que parece ser la moda de estos eventos hoy en día).
Cuando he mirado mi App de mareas, veía una pleamar de 4 metros a las siete, y no le presté mucha atención - pero la marea se convierte en la protagonista de la tarde, y acaba expulsando de la playa a media población. Nuestras toallas acaban caladas - menos mal que son del hotel! (una de las mejores características del Santemar, que me apresuro a agradecer en Booking)
Después de varios intentos, encontramos milagrosamente una mesa vacía en ... la Cruz Blanca! (sí, como la que acaba de cerrar en Goya - descanse en paz). Y acabamos cenando un tremendo surtido de salchichas, típico producto santanderino como todos sabeis.
La vuelta tiene su momento cómico-embarazoso: nos pasamos un cuarto de hora intentando encontrar el coche en el parking de Infantas, e incluso pido ayuda a un empleado porque la máquina no me lee la tarjeta... hasta que me dice que esa tarjeta no es de ese parking (?!). Y es que habíamos ido varias veces al centro, aparcando en Matías Montero o en Infantas, y no, no era allí.