sábado, 4 de agosto de 2018

Jueves 2 - Hechizados por Aigüestortes

Después de una primera sesión de románico catalán, hoy decidimos echar el día de excursión montañera, inspirados por uno de los nombres más evocadores para cualquier aficionado: el Parque Nacional de Aigüestortes.

El parque tiene dos entradas principales, una oriental por Spot, y otra occidental por Boí, a diez minutos de nuestra base. De Boí salen 'taxis', furgonetas que llevan a ocho personas hasta la entrada del parque, el Planell de Aigüestortes. Y de ahí surgen multitud de rutas con longitud y dificultad variadas.

Así que de mañana nos pusimos el calzado de excursión (para algo habrían de servir las estupendas botas de trekking de Decathlon!), nos aprovisionamos de víveres (embutidos locales y pan, como de costumbre) en el supermercat de Boí, sin olvidar la protección 50, y allá que nos metimos en uno de los taxis, donde hice migas con un nacionalista de lazo amarillo que, después de ver que no le entraba a ninguna de sus alusiones a lo 'calentitas' que están las cosas con la 'capital del Reino', acabó siendo simpático y pidiendo al guarda del parque un mapa para el 'companyero de Madrit'

Yo no sabía muy bien lo que daría de sí la jornada - lo mismo se limitaba a un paseíto por la entrada del parque, aunque Laura ya hablaba de pasar el día allí. De modo que, cuando bajamos del taxi, empezamos a caminar en dirección del Estany Long (el Lago Largo), que según los carteles estaba a una hora y media de camino, y es la ruta más popular para los turistas.

El caso es que, a medida que íbamos avanzando, veíamos paisajes que nos parecían únicos, y parábamos para sacar fotos... sólo para tener la misma sensación diez minutos después, por una vista 'aún más única': arroyos, 'estanys' (los lagos son los protagonistas - en el parque hay trescientos!), dehesas, circos de origen glaciar, cascadas desde lo más alto de picos de 3.000 metros de altitud...

... la sensación de descubrimiento y el asombro ante la naturaleza en su estado más deslumbrante, iban reforzando el ánimo a medida que avanzábamos.

Las primeras asociaciones que nos venían a la mente ante tanta grandiosidad natural eran la clásica de los 'westerns' en Colorado, o 'el salvapantallas del Mac' que tiene Yosemite, en terminología millenial.

Al mismo tiempo, nos repetíamos que las fotos, las panorámicas tan queridas por Nico, incluso el video, no son capaces de capturar ni una fracción de la sensación al estar allí - pero aun así, seguíamos disparando la cámara y posando como si estuviéramos haciendo el 'book' definitivo.







 

Al llegar al Estany Llong, tras una hora y media de caminata con los ojos abiertos como platos, pensamos que ya no podía haber nada mejor: un lago de agua transparente, rodeado de pradera y de picos de tres mil metros desde los que caen cascadas de agua de deshielo.
Allí hicimos el salto, y nos quedamos un rato sentados, intentando digerir las imágenes que nos llegaban - ah, y las vacas, siempre un favorito de los chicos!



 
Habríamos hecho tres tiendas (y yo detrás del mostrador, claro) para quedarnos allí... pero nos conformamos con abrir la mochila, hacer los bocatas, y comer a la sombra en el paisaje más maravilloso que habíamos visto nunca



Después de comer, el ánimo seguía unánimemente exultante, y tras un par de exploraciones en las cascadas, decidimos seguir un camino hacia un hipotético 'Estany Redó' (redondo), que parecía apuntar, de modo inverosímil, en la dirección de la que caían las cascadas.





 




Comenzamos a subir, y la perspectiva del Estany Llong iba cambiando desde la altura.
 

Seguimos ascendiendo una media hora por un camino marcado con estacas amarillas (no se notaban ni la comida, ni el sol abrasador, ni la impaciencia adolescente), y de repente...










...ahí estaba: surgió ante nosotros la maravilla del Estany Redó: un lago a más de dos mil metros de altitud, con agua transparente y rodeado por un perfecto circo glaciar de libro de texto. De ese estanque, sostenido mágicamente en lo alto, caían todas las cascadas que habíamos visto.


 Y tras reponernos del impacto, no tardó en surgir la tentación: mejor que cualquier piscina del mundo - podemos resistirnos a darnos un baño? Sí, está prohibido, pero...

Total, que empezó Kike, y allí que acabamos todos, refrescándonos en el agua más pura y fresca que habíamos visto nunca.








Al bajar íbamos renovados por el chapuzón, y en un par de horas llegamos de nuevo a la entrada donde estaban los taxis de vuelta. A pesar de los 16 kilómetros y los 300m de desnivel, no había agotamiento ni hartazgo - Laura habría querido dormir en el refugi de Estany Llong... y no descarto que lo hagamos un día!


Una vez duchados y cambiados, aún nos quedaba energía para visitar la iglesia de Cardet, y para volver después al polo magnético de Taúll, donde Sant Climent es el mejor fondo para cualquier foto de perfil de Facebook.



Un día único, inolvidable, que por sí solo habría justificado el viaje. La realización, además, de uno de mis sueños adolescentes. Y con los kids en su mejor momento: alegres, curiosos, absorbiendo como esponjas, llenos de energía - ¿qué más puedo pedir?



viernes, 3 de agosto de 2018

Miércoles 1 - Del valle de Camprodón al de Boí

La carrera de esta mañana con Laura de ha enfocado en más detalle en el Passeig Maristany - qué maravilla de casas!







Hemos llegado hasta Llanars, un camino precioso para correr, llano y con un paisaje espectacular como podéis ver en el video.

Después de un par de días con base en Camprodón, hoy tocaba cambiar de base y de provincia, de Girona a Lleida. De modo que hemos recogido el apartamento (simple pero práctico), y hemos devuelto las llaves al encargado del hotel - no sin antes haber utilizado el método local para limitar la duración del parking:


Después nos hemos dado un último paseo por el pueblo, con mucha actividad comercial matutina - es un gusto ver el alma de un pueblo en los comercios y los paseantes que hacen sus compras.
 












Hemos preguntado en el hotel el mejor modo de llegar a Boí, y nos ha dicho 'depende: si vais derechos atravesando Pirineos de Este a Oeste, el camino es bonito pero hay muchas curvas - si no, podéis bajar casi hasta Lleida - más cómodo pero vais por autopista'. Pues bien, hemos optado por el primero (el azul, no los grises)... y en algún momento he estado a punto de arrepentirme. No recuerdo una carretera más virada en mi vida (ni siquiera la de Gualchos, aunque Nico porfiara que sí)








Al pasar por la Seu d'Urgell, hemos decidido parar para comer algo y ver la Catedral... pero este ha sido el chasco del día - la ciudad, a 36 grados, no solamente es una solana sin sombras, y con toda la humedad del Segre, sino que no parece cuidar el interés por la Catedral. Bonita por fuera, sí, pero... aprisionada por calles estrechas y sin encanto.

Total - que hemos seguido camino, sin ponernos siquiera los bocatas, y media hora después, cuando ya el hambre apretaba, hemos encontrado un área de descanso muy agradable donde hemos dado cuenta del menú habitual:









Al final, después de más de cuatro horas de viaje, hemos entrado en el Valle de Boí, y finalmente llegado a Erill la Vall, nuestra base en los próximos dos días, al habitual sonido de Funky Town, la canción que como en Shrek acompaña la entrada en la ciudad de destino.




Después de dejar el equipaje en el hotel (pequeño y simple pero agradable) hemos salido sobre las siete en busca de uno de los mitos de mi infancia: la iglesia de Sant Climent de Taúll (en mi libro de Sociales de la EGB aparecía como san Clemente de Tahull).

... y era tal como la imaginaba: como San Martín de Frómista, un perfecto ejemplo del románico, pequeña y sencilla pero impresionante en su sencillez.

Creo que le he hecho fotos desde todos los ángulos posibles, buscando la mejor luz y la mejor cara (por ejemplo, la fachada es bien aburrida). Aquí van un par de ellas.


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  
Al entrar, y tras subir a la icónica torre del campanario (donde me he hecho una brecha en la cabeza con el techo de la escalera, inconvenientes de ser un tipo alto 😅), comenzaba un show de luz y video frente a los restos de los frescos del ábside.
 
El 'video mapping', como le llaman, ha empezado humilde... pero ha resultado ser un alarde técnico y artístico explicando cómo eran originalmente las pinturas en el siglo XII (la iglesia se consagró en 1123) antes de que se deterioraran y las expoliaran. Nos ha dejado boquiabiertos.
 

 
Tras ver la otra iglesia de Taúll, la de Santa María, hemos vuelto hacia Erill pasando por Boí (con la Iglesia de Sant Joan - todas preciosidades dentro del conjunto de las iglesias románicas de este valle, Patrimonio de la Humanidad).

 
 
 
  
En Erill la Vall, a diez metros de nuestro hotel, también hay otra iglesia, la de Santa Eulalia, sencilla e impresionante como todas ellas.

Además, hay un  centro de Interpretación del Románico que visitaremos mañana.


 

  
Pero Sant Climent y las otras iglesias no iban a ser el único descubrimiento del día:

Paseando por Erill, un pueblo mínimo de 90 habitantes sin otro comercio que la hostelería, hemos visto junto a nuestro hotel una terraza con pinta de merendero agradable donde hemos reservado mesa para cenar. Y la cena ha sido un prodigio inesperado - por la calidad de todos los platos (cuánto bien ha hecho Master Chef), por la amabilidad del dueño, y por el increíble precio, que en Madrid no nos hubiera dado ni para dos personas. Los cuatro hemos pasado un buen rato paseando a la vuelta, comentando asombrados el disfrute de los platos y lo irrisorio de la cuenta.

En fin, 'día de navegación' (como dirían en un crucero) y también de descubrimientos, románicos y gastronómicos. Y mañana, al otro mito de mi EGB: el parque de Aigüestortes!
Así que... a descansar







miércoles, 1 de agosto de 2018

Martes 31 - Subiendo hacia Vallter

Hoy hemos conseguido salir a correr un rato... y gracias a ello hemos descubierto el Passeig Maristany, en la parte alta: una urbanización de finales del XIX con algunas de las casas más bonitas que he visto nunca. Una especie de Moraleja de verano (pero con casoplones de comienzos del XX) de la burguesía catalana.

Mañana desde luego lo vemos con más calma!




Hoy, segundo día en Camprodón, hemos decidido ir hacia arriba, hacia las cumbres y la frontera. Y por dos sitios distintos




Nuestro anfitrión local nos recomendó el pueblo de Setcases, de camino hacia la estación de esquí, y allí que nos fuimos.
Subir desde Camprodón cambia el paisaje: el pueblo de Llanars ya tiene varias urbanizaciones de chalecitos de piedra. Y poco después llega Setcases, un pueblecito muy cuidado, con ambiente montañero y pre-esquiador, con molinos aprovechando el agua del Ter, y con muchos paneles informativos para turistas.

De Setcases parten varios senderos, y uno de ellos lleva a la 'Creueta', un mirador desde donde hay una vista estupenda del valle. 


 
 
 

Seguimos subiendo. Camprodón está a 1000 metros de altitud, y Setcases a 1200. Aún hay que subir hasta los 2000 metros a los que está Vallter 2000, la estación de esquí en el nacimiento del Ter, rodeada de picos alpinos y antiguos glaciares.

Ahora en verano hay solamente un puñado de turistas, pero la cafetería está abierta, y como vamos pertrechados de un menú similar al de ayer (esta vez hemos añadido gazpacho, como toque constitucionalista :-)), nos damos un homenaje picnic con las mejores vistas posibles - no se me ocurre un restaurante mejor!   


 

Después del festín, nos damos una vuelta por las pistas verdes y vacías, ocupadas solamente por vacas que siguen una curiosa disciplina cuando una de ellas llama al resto. El escenario inspira costumbres como el salto, o la panorámica doble:




Nos despedimos de Vallter (hopefully el primero de varios escenarios de alta montaña en esta gira), y bajamos de nuevo a Camprodón para subir de nuevo por el valle vecino. El siguiente pueblo es Molló. Su principal interés es la iglesia de Santa Cecilia, un ejemplo más de románico catalán, armónico por fuera e hiper-austero por dentro.



Ya va cundiendo el cansancio (como se ve debajo), de modo que queremos volver a Camprodón... pero antes subimos unos kilómetros para llegar al antiguo paso fronterizo con Francia.  


Tras un descanso reparador, de nuevo viendo el 'Ahora Caigo' de Arturo Valls, y después el 'Boom' con el récord de Valentín y sus colegas ( mientras cae un buen chaparrón veraniego), salimos a dar un paseo por el pueblo y nos sentamos en otra terraza, esta vez en la plaza del doctor Robert, donde está la Societat Casal Camprodoní, y el Gran Hotel Camprodón. El centro neurálgico tradicional del pueblo.
Una estupenda terraza de 'tapes pijes': txupa-txups de queso de cabra, bonbons de sobrasada, patatas enmascaradas con butifarra... qué bien viven en el Ripollés!